El Gordo Alemán Loco Y Las Bibliotecas Públicas

Supongo que no soy el único que cada vez que sale a la calle se fija en la gente alrededor. Es algo que no puedo evitar, y reconozco que más de una vez no he sido muy discreto al hacerlo, así que pido perdón a todo el mundo que alguna vez se haya sentido observado por mí. No, es mentira. no me arrepiento de haber mirado a nadie de los que he mirado con excesiva atención. De hecho, me alegro de haberlo hecho; creo que esa observación me ha ayudado a conocer mejor al género humano, a descubrir gente, cuerpos, caras, formas de andar (sobre todo formas de andar) que esconden una historia detrás. De hecho, creo que todo el mundo debería mirar a la gente alrededor. Es una forma de enriquecimiento personal y de interacción con la realidad. No, esto también es mentira, lo hago porque me gusta, y me río.

Pero no siempre esta observación me ha traído diversión y alborozo. Hubo una vez; la semana pasada, en la que tuve que ir a la biblioteca. Descubrí en mi habitación un libro que debía haber devuelto dos semanas antes. No hagan como si no les hubiera pasado nunca, por favor. En fin, el caso es que me decidí a ir a la biblioteca; aunque no lo hice en el momento exacto de encontrar el libro. Lo hice una semana después.

Sí, fui a la biblioteca con un libro tres semanas tarde, después de una toda una semana en la que podía haberlo hecho. ¿Razón? Cobardía. Soy un cobarde. Siempre que llevo algo tarde a la biblioteca (que en el último año han sido prácticamente todos los préstamos) me da cosica. Veo en mi mente al bibliotecario que se parece a Joseba Caballero de Qué Vida Más Triste mirarme a los ojos mientras dice “Vaya, lo traes tarde”, y ya me da vergüenza… Así que lo que hago es llevarlo exageradamente tarde y, después de decir las palabras “Para” y “Devolver”, me giro y salgo de la biblioteca a paso ligero. Nunca me quedo un segundo. Huyo. Ni siquiera sé si el bibliotecario que se parece a Joseba Caballero de Qué Vida Más Triste hace algo después. Algún día tendré que quedarme un poco más, a ver qué pasa. pero no creo que lo haga. Me da miedo. ¿He dicho ya que soy un cobarde? Pues eso.

El caso es que saliendo de la biblioteca, y de camino a mi casa, hay una calle en la que hay una de las contradicciones que más me gustan en mi ciudad. En la misma calle, y a un portal de distancia están la “Parroquia de la Paz” y el “Centro de Reconocimiento. Permiso de Conducir y Armas”. Armas. Armas por la paz. Mola. Si no se lo creen; Google Street View lo confirma, justo aquí.

Bueno, pues pasaba por esa calle, ¿vale? Y de pronto, justo delante mía sale del Centro de Reconocimiento un tío de unos 24 años (podía tener 25, pero ese último yo no lo vi) y empieza a andar delante mía. Me fijo en él. La brusquedad con la que ha salido y su forma de andar y vestimenta llaman mi atención. Y ojalá no lo hubieran hecho. Nunca. No he pasado más miedo en mi vida.

Este simpático jovenzuelo que, no lo olvidemos, acababa de salir de un sitio en el que se dan permisos para utilizar armas andaba a trompicones, de forma agresiva; con cara de mala hostia, tenía un corte de pelo a lo Travis Bickle en Taxi Driver (¿mohawk se llama? ¿mohawk?) y, lo más importante; una cazadora marrón con una banderita en las dos mangas. La bandera del país más buenrollista del mundo a lo largo de la historia; Alemania. Qué alegría, Dios mío.

De pronto, este joven; al que llamaremos Otto Von Travisch, se para en mitad de la calle, y yo, sin tiempo a reaccionar, sigo andando; por lo que, inevitablemente, adelanto al muchacho. La cagué. Seguí andando; de vez en cuando me giraba, haciendo que miraba a otro lado (no sé si fue muy creíble, seguramente me hubiera pillado). Seguía detrás. Hasta que pasé cerca de un aparcamiento, y él se fue hacia mi derecha. Bien, estaba dentro de mi campo de vista, podía respirar tranquilo.

Pero no. Pasó por detrás de un coche y desapareció. Literalmente. Ya no estaba. Lo juro. Ahí fue cuando realmente me acojoné. El coche tras el que se había escondido ni arrancaba, ni se movía, ni parecía que hubiera nadie dentro. Von Travisch acechaba. Me fui alejando sin perder de vista el vehículo ni un instante. Es decir, fui andando hacia atrás hasta llegar a casa. Como un cangrejo cobarde. Como Sebastian.

Bajo el maaar/ Bajo el maaar/ No van las pistolas/ No hay bibliotecas/ Bajo el maaar.

Bajo el maaar/ Bajo el maaar/ No van las pistolas/ No hay bibliotecas/ Bajo el maaar.

De todo esto podemos sacar una conclusión. O mejor dicho, una moraleja:

“Si no devuelves los libros de la biblioteca a tiempo, el bibliotecario que se parece a Joseba Caballero de Qué Vida Más Triste mandará a un gordo alemán loco a matarte. Así que evita callejones oscuros.”

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Acerca de iturbinho
Dibuja y escribe tonteridas, ¿qué más se le puede pedir a un joven como él? probablemente que sea bello, pero tampoco hay que abusar...

4 Responses to El Gordo Alemán Loco Y Las Bibliotecas Públicas

  1. Vital dice:

    Joder, eso es verdad?? qué miedo

  2. ¡No se meta con Otto! ¡Él sólo quiere ser amado!

  3. iturbinho dice:

    Vital; El viernes pasado. Es verdad. El artículo anterior no, pero éste sí. Juro que me miró.
    Un Tipo Con Boina; Si quería ser amado no tenía más que decírmelo, intentaría corresponderle, supongo… Pero no daba la impresión de que fuera eso precisamente lo que quería…

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