Bulimia cantada

Esperaba actualizar esto una vez a la semana, los viernes, más o menos, y hacerlo con cosas nuevas. Por eso me guardé este relato que escribí el año pasado para más adelante, cuando me quedara sin ideas. Bien, ya me he quedado sin ideas.

Así que copio y pego directamente del Google Docs el relato y, ya está, hasta la semana que viene. Venga, hasta luego.

BULIMIA CANTADA

Una persona normal ante semejante situación se habría hecho unas cuantas preguntas: ¿Es ético? ¿Es legal?¿Es tan fácil como parece?¿Realmente debo hacerlo?¿Cambiará el destino de la humanidad?¿La ONU emprenderá acciones legales contra mí?¿Me llevará Greenpeace a los tribunales?¿Me regañará mi madre?¿Dónde he dejado las llaves de casa?… y un largo etcétera.

Santiago Alemán, que, evidentemente, no era una persona normal, sólo le hizo una pregunta al doctor Fangoria, quien llevaba un tiempo esperando impaciente su respuesta, que, finalmente, salió de su boca:

-¿Cuánto cuesta?

La pregunta, por supuesto, era retórica. A Santiago la respuesta no le importaba lo más mínimo. Tenía dinero. le daba igual que costara 200€, que 1.000.000.000$ en efectivo, que la sangre de mil pingüinos vírgenes, podía permitírselo.

Cómo había conseguido él semejante fortuna era una cuestión que a Santiago no le gustaba que se tratara en los programas de actualidad. Cada vez que aquellos descarados presentadores de televisión empezaban a hacer pública una parte de su patrimonio (de hecho, nadie conocía el poder adquisitivo completo de Santiago, Gracias a Dios, según él) le daban ganas de cambiar de canal y ver uno de esos documentales sobre monos graciosos, pero, como sabía que, acto seguido, siempre hablaban de los nuevos novios de su ex-mujer, aguantaba estoicamente su parcial pérdida de privacidad, ya que aquellos jovencillos rubios oxigenados y guapetes le provocaban momentos de tremenda hilaridad. Se notaba que su antigua consorte había perdido el norte. Y eso le hacía sentirse mejor. Pensar que, mientras ella se estaba acostando con alumnos de tenis casi prepúberes del club náutico, él había financiado casi legalmente el desarrollo de una máquina para clonar gente le hacía sentirse joven , incluso más joven de lo que parecía su ex tras innumerables operaciones estéticas.

Pensando en este tema, a Santiago se le fue el santo al cielo, de tal manera que no escuchó el precio de los experimentos del doctor Fangoria. Tampoco le preocupó haberse perdido esa información; costara lo que costara, su cuenta bancaria no iba a notarlo.

-Creo que podré permitírmelo, doctor- dijo, sin preocuparse por la posibilidad de no poder permitírselo. Pero podía permitírselo-. ¡Estoy dispuesto a ser clonado, doctor Alaska!

-Fangoria.

-Eso he dicho.

-Por supuesto, señor- Obviamente, llevarle la contraria no estaba en el TOP 10 DE COSAS QUE HACER EN PRESENCIA DE SANTIAGO ALEMÁN. Tampoco entraba en el TOP  50-. Pero creo que, por seguridad, deberíamos probar con otro sujeto, para comprobar que no hay peligro.

-¡Fantástico, como una especie de camboya humana!

-COBAYA humana.

-Eso he dicho.

………………………


Dos días después, Santiago, el Dr. Fangoria (que queda más elegante que doctor Fangoria, ¿verdad?) estaban sentados a un lado de una cara mesa de caoba. Al otro lado de la citada mesa se encontraba Jorge Miguel Bluz, un joven rubio de muy buen porte, todavía en proceso de desarrollo. Extraordinariamente, debido a su apariencia apocada y tímida, Jorge Miguel tomó la iniciativa e hizo la primera pregunta:

-¿Cuánto cobraré por ser vuestra cobaya?

-Camboya.- Corrigió Santiago.

Un gesto del Dr. Fangoria disuadió a Jorge Miguel de seguir con la discusión, y ahí termino el asunto.

-Como la suma que tenemos planeado pagarte puede ser demasiado llamativa saliendo de mi boca, lo escribiré en este trozo de papel.

El Dr. comenzó a escribir cifras en el trozo de papel. La mayoría de esas cifras eran ceros. Cada vez que Jorge Miguel veía al Dr. escribir un cero más, y otro, y otro, se imaginaba a sí mismo como dueño de una isla en las Seychelles. Al siguiente cero ya podía verse teniendo un parque de atracciones entera para él solito.

Cuando, tras una larga espera, el Dr. Fangoria terminó de escribir el número, ya era dueño de un sistema solar entero; con sus planetas, sus estrellas y sus agujeros negros. Me veo en la obligación de hacer un pequeño paréntesis en la narración de esta historia para aclarar que, pese a que la suma de dinero era importante, no alcanzaba a comprar todo el sistema solar en todo caso, podía permitirse comprar el planeta Tierra, sin contar los Océanos y después de regatear un poco. Ahora volvemos a la historia.

Jorge Miguel Bluz aceptó la oferta sin dudar y el Dr. comenzó a hacer las típicas preguntas que siempre se les hacen a los aspirantes a cobaya humana; ¿Sabe que, si algo sale mal no puede denunciarnos?¿Sabe que su vida corre peligro?¿No va a echarse atrás?¿Prefiere horario de mañana o de tarde?. Jorge Miguel salió airoso de todas ellas y obtuvo el trabajo. Así de fácil.

Al volver a casa se sentó solo en el sofá, pidió una pizza y puso su programa favorito en la televisión. estaba en los anuncios. Tendré que esperar, pensó. Se equivocaba, no tuvo que esperar. Alguien llamó a la puerta. Jorge Miguel no podía ni imaginarse quién sería. Era ella. Esta noche va a ser larga, pensó. Esta vez también estaba equivocado. La noche duró exactamente lo mismo que las demás noches, pero a él se le hizo eterna. No durmió en toda la noche.

………………………

Tres días después, Santiago Alemán estaba emocionado, ilusionado, nervioso, ansioso, deseoso de empezar, impaciente, expectante, ligeramente alterado, solo. Sí, estaba solo. No podía entenderlo. Habían quedado a las once y media, era la una y ninguno de los dos, ni Fangoria, ni Jorge Miguel Bluz habían hecho acto de presencia. Ahora estaba enfadado. No lo entendía. No se lo podía creer. Llamó a Jorge Miguel. No hubo respuesta. Llamó al Dr. Fangoria. Tampoco él cogió el teléfono.

Mientras tanto, Jorge Miguel se dio cuenta de que se había dejado el teléfono móvil en casa. Le preguntó a ella si podía volver a recogerlo. Ella le dijo que no. Parecía tener prisa por algo. No le dejó volver a por el móvil, no le dejó desayunar, no le dejó hablar, no le dejó conducir y miraba continuamente a su reloj. También conducía deprisa. Muy deprisa. A Jorge Miguel le pareció que adelantaron a un caza que sobrevolaba el cielo. Pero no le hagáis mucho caso, no había dormido esa noche. Jorge Miguel no pudo evitar recordar el tiempo que pasó con ella, ni cómo la conoció. Fue en el Burger King en que él trabajaba. Era el tipo de mujer que no esperarías encontrarte en el Burger King. Abrigo de plumas, joyas y un zorro colgado del cuello. Pero lo que realmente llamó la atención de Jorge Miguel fueron las lágrimas que caían de sus ojos, corriendo todo el maquillaje, lo que le dejó un rostro de apariencia realmente grotesca, más grotesca incluso que el gesto de horror del zorro que portaba con orgullo.

-Dame un Happy Meal.- dijo cortante.

-No tenemos de eso… Esto es un Burger King…

-¿Y?

-Que los Happy Meal son el menú infantil del McDonald’s.

-Ah, era el único que conocía…

-Aquí en vez de Happy Meal tenemos el menú DivertiKing…

-¡¿Por qué me gustarán tanto los profesores de tenis?!- Gritó ella, sin venir a cuenta.

-Euh… también tenemos una hamburguesa con pepinillo que…

-¡¿Cuándo me voy a dar cuenta de que todos los guapetes son iguales?!

-¿Pepsi o Coca-Cola?

-¡¿Sabes qué?!- gritó violentamente mientras agarraba a Jorge Miguel, quien podía oler su aliento a whisky caro.- ¡A veces preferiría liarme con feúchos de baja autoestima como tú!

-No me pagan lo suficiente…

Acto seguido, la misteriosa mujer le dejó su tarjeta y desapareció por la puerta automática. A partir de ahí, se puede intuir lo que pasó.

…………………….

Santiago Alemán ya no podía esperar más. Estaba solo entre cuatro paredes, acompañando únicamente por una extraña máquina de aspecto futurista. Llegó un momento en el que se cabreó tanto que descargó toda su ira sobre la máquina. No supo si era por la rabia acumulada o porque la máquina era frágil, pero la tiró al suelo de una patada. El misterio tenía fácil solución; la máquina era de cartón piedra.

Furioso, salió del laboratorio del Dr. Fangoria a fumarse un puro habano, del mismo Fidel Castro. También le gustaban. Se sacó el mechero y lo encendió. Mejor dicho, hizo el gesto de encenderlo. Pero no se encendió. El mechero se había quedado sin gas. Santiago vio, al otro lado de la carretera, un pequeño kiosco. Intentó pensar en otra alternativa menos humillante. Después de largas cavilaciones, llegó a la conclusión de que era su única opción.

Mientras se dirigía al kiosco iba pensando en el tipo de mecheros que tendrían en él; mecheros de rastafaris fumando marihuana, de Bart Simpsons, de Cobi, el perro aplastado de Barcelona’92… No llegó a aclarar sus dudas, pues recibió un golpe duro y rápido que lo tiró al suelo antes de llegar a su destino.

Voló un poco y después se rompió las costillas contra el suelo. Levantó la vista y vio un BMW que le era familiar, del que salió una mujer que también conocía y un joven que también le sonaba de algo, y al que también esperaba. Su último pensamiento antes de perecer fue: Mierda, tenía que haber cambiado la herencia cuando me divorcié.

Respecto a ese tema, podía estar tranquilo. Su ex-mujer no se iba a llevar nada de su cuenta corriente, pues la cuenta corriente estaba vacía.

Por último, y sin relación aparente con todo lo anterior, el Dr. Fangoria estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones en las Seychelles. muy a gusto.

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N. del A. No es que quiera decir nada, eh, sólo es que siempre quise escribir esto. Nada, eso es todo. Si eso ya, la semana que viene…

 

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Acerca de iturbinho
Dibuja y escribe tonteridas, ¿qué más se le puede pedir a un joven como él? probablemente que sea bello, pero tampoco hay que abusar...

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